domingo, 24 de enero de 2010

El hogar de la música


La fiesta de esa noche en el puerto veracruzano terminó con el son montuno, ritmo cubano que viajó desde el caribe hasta México transportado por el mar. El Portal de Miranda, a unos metros del zócalo, se convirtió por unas horas en una pista de baile, y aunque los músicos hicieron esperar a la concurrencia, una vez que la guitarra, el bajo, el saxofón, los timbales y bongós comenzaron a sonar, las parejas no dudaron en mostrar a aquellos que sólo observábamos, su repertorio de pasos y vueltas, que junto con las vueltas del humo de los puros que algunos disfrutaban, nos envolvían a todos en un espiral donde el tiempo parecía haberse detenido e incluso retrocedido: “Huele a otros tiempos, al pasado”, alguien comentó. Entonces la música de ese instante se mezcló con los recuerdos de los instrumentos que esa noche también había escuchado: las marimbas, jaranas, violines, arpas y las voces de los decimistas en el malecón, acompañadas del sonido de las olas de ese mar del que tantas veces he escuchado decir con desdén: “no es muy bonito”. El eco de la música que había dejado la danzonera que inauguró la fiesta y de los pasos de los bailarines de danzón que apenas tocan el piso cuando se mueven, impregnaban todo el ambiente, y el olor del mar se mezclaba con el del café, el tabaco, y el de los viejos edificios. Ese mar es la esencia del puerto, y en el vaivén de sus olas también hay música.

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