
La fiesta de esa noche en el puerto veracruzano terminó con el son montuno, ritmo cubano que viajó desde el caribe hasta México transportado por el mar. El Portal de Miranda, a unos metros del zócalo, se convirtió por unas horas en una pista de baile, y aunque los músicos hicieron esperar a la concurrencia, una vez que la guitarra, el bajo, el saxofón, los timbales y bongós comenzaron a sonar, las parejas no dudaron en mostrar a aquellos que sólo observábamos, su repertorio de pasos y vueltas, que junto con las vueltas del humo de los puros que algunos disfrutaban, nos envolvían a todos en un espiral donde el tiempo parecía haberse detenido e incluso retrocedido: “Huele a otros tiempos, al pasado”, alguien comentó. Entonces la música de ese instante se mezcló con los recuerdos de los instrumentos que esa noche también había escuchado: las marimbas, jaranas, violines, arpas y las voces de los decimistas en el malecón, acompañadas del sonido de las olas de ese mar del que tantas veces he escuchado decir con desdén: “no es muy bonito”. El eco de la música que había dejado la danzonera que inauguró la fiesta y de los pasos de los bailarines de danzón que apenas tocan el piso cuando se mueven, impregnaban todo el ambiente, y el olor del mar se mezclaba con el del café, el tabaco, y el de los viejos edificios. Ese mar es la esencia del puerto, y en el vaivén de sus olas también hay música.
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